Hoy, caminando por la calle,
me encontré un poema, tirado en el suelo
asesando por el sol.
Pensé inmediatamente en recogerlo,
En darle mi nombre y mi esencia.
En hacerlo mío, en derramarme en él.
Quise versarlo, ponerlo en octavas
Y cantarlo en alguna plaza pública.
Pero en cuanto vi sus ojos, supe que
Venía a mí como emisario de tristezas.
Vi en él la desesperanza, la languidez
De un suspiro entrecortado,
El canto de un corazón dolorido.
Y lo dejé allí tirado,
Sin mi esencia ni mi nombre.
Lo miré fijamente y le dije:
-No, muchas gracias.
Luego seguí mi camino.
