“Cayó al suelo produciendo un sonido sordo. Nadie se volvió para verle morir. Tan solo un esquelético perro callejero se le acercó y le lamió la cara; no por solidaridad o por cariño, sino por la fuente proteínica que representaba la sangre tibia que le revestía la carne desgarrada.
La vida le abandonó dejándolo como una casa vacía. Eso que hasta hace poco había sido un hombre, no era ahora más que carne muerta, perfecta para vender por kilos en las carnicerías.
Eso que hasta hacía poco había sido un hombre, era ahora materia inútil en camino a la descomposición.
Eso que…”
El escritor Suspiró, arrancó la hoja y leyó esto último con desagrado.
-Qué tan bajo has caído- Se dijo, luego de pasar de nuevo los ojos sobre el trozo de papel.
Luego, lo arrugó entre sus manos.
Eso que hasta hacía poco había sido un cuento, era de nuevo solo papel, listo para irse con el resto de la basura a contaminar el mundo.
Ese, que tenía entre las manos, era otro de tantos, que como muchos predecesores, tampoco conocería nunca la luz pública. Quedaría inconcluso para siempre, no tendría nunca el gusto de ser leído.
