Tus ojos se turban con frecuencia. Por tu mente pasan cosas que no quiero imaginar. Te hundes en tus pupilas y llegas alguna playa árida en oriente próximo. Allí te arrancas los cabellos y te revuelcas en la arena blanca hasta hacerte sangrar las rodillas, lamentando el terrible fallecimiento del mar muerto. De repente, cuando sientes que te observan, sales de tus ojos velozmente, y como para disimular la tristeza, ríes tan fuerte como puedes, corres, saltas, gritas…
Pero no me engañas, prefiriera yo que lloraras y te arañaras el rostro; prefiriera que bramaras como una bestia herida, a verte reír de tristeza.
