Estaba muy, muy oscuro. A lo lejos se escuchaba el incansable rumor de las bestias salvajes danzando en medio de la noche agreste. Jadeante, medio muerto, un hombre yacía sobre la hierba. Su pierna no era más que las sangrantes sobras de la cena de una fiera; su túnica toda, teñida de rojo, no era más que una maraña carcomida. A su lado un enorme cánido degollado dejaba fluir cristalinos los últimos líquidos de sus venas, que se le escapaban por una cortadura limpia en la garganta.
Levantó sus ojos enrojecidos a las estrellas, e imploró:
-¡Oh Dioses, he aquí vuestro siervo, que yace herido por vuestra causa en medio del bosque!
Solo la indiferencia absoluta le respondió.
-Oh Dioses, antes, cuando fui impío gocé de la gloria y la riqueza. ¿Por qué ahora que cumplo vuestros mandatos me dejáis aquí, morir lejos de mi tierra como un animal silvestre?
Miró fugazmente al cadáver de su compañero de muerte.
El cielo se iluminó de pronto por la veloz rasgadura de una estrella fugaz, para quedar nuevamente entre la negritud.
El hombre, murió en medio de las tinieblas, acuchillado por el frío, con la pierna hecha hilachas tibias y goteantes.
¿Qué esperabais, un final de deus ex machina? ¿Por qué tiene que ser la literatura trepidante y sorprendente? Lo siento, no puedo hacer nada. Gente se muere todos los días.
