Helel Ben Sahar

Junio 27, 2008

EVANGELIO DE NUESTRO SEÑOR AKENATON

Archivado en: Atonismo, Crónicas — akenaton @ 1:00 AM
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Quien hace poco, por dárselas de Jesucristo, casi sale crucificado

Siempre supe que además de dos prominentes orejas que brotaban vitales a lado y lado de mi cara, yo tenía algo que los demás no. un tonito profético al hablar, y una habilidad sorprendente para predecir hechos futuros. Mi abuela decía, cuando estaba yo muy niño, que yo me parecía a la imagen del niño Jesús a la que ella le prendía velas todas las mañanas.

En misa cantaba a todo pulmón con los ojos aguados y la mano en el pecho, canciones tan bellas y tan

inspiradoras, como “el padre Abraham” o “yo tengo un gozo en mi alma”.

mi familia no tardó en descubrir que tenía talento para cantar. la más entusiasmada con ésto fue mi mamá, que inmediatamente empezó a enseñarme las canciones de Pedrito Fernández, por las que ella, en su infancia, acompañada de mariachis, había sido apodada, “El Ruiseñor de La Loma”

No había reunión o acto cultural en el que yo no cantara, para que mi madre se sintiera orgullosa, pero para mí no eran las rancheras el género en el que debía emplear mi talento; ¡Yo quería cantar misas! Como Clímaco, el negro aquel que cantaba en la misa de la tarde, con tanta devoción y al cual yo admiraba tanto.

Así que, convenciendo a todo el mundo con mi cara de niño inocente, y con mi vocesilla infantil, que cabalgaba rauda como una flauta por las notas de los cánticos sagrados, logré que me dejarán cantar frente al micrófono en las misas de Once.

Todas las señoras devotas me saludaban en la calle. Me veían en el guamo y me apretaban las mejillas con sus dedos arrugados, para luego decirme que cantaba como los ángeles; aunque yo no les creía, ¡yo no cantaba como los ángeles, cantaba como el mismísimo hijo de dios!

El tiempo pasó, y yo era el niño de las misas. no había en La Loma persona más piadosa que yo. instruía sobre asuntos sagrados a mis compañeros de la escuela, y en los recreos, jugaba con ellos a la misa. poco después, manifestaría en mi casa que quería ser sacerdote, e irme a estudiar al seminario como el tío Hernán.

A mi papá y a mi mamá a pesar de ser fervorosos católicos, no les gustó mucho la idea. al ser yo su único hijo, si me hacía sacerdote se quedarían sin nietos, y sus raíces se extinguirían en pro de la iglesia.

Mis abuelas en cambio, que tenían otros nietos que llevarían los apellidos en la frente, y los multiplicarían por el mundo, no les importó que yo, un niño tan espiritual, y tan entregado al señor, decidiera entregarle mi vida a los misterios del cielo. Así, empecé a ir cada tarde, a las seis, cuando ya empezaba a caer la noche, a la casa de mamita Tulia para rezar el rosario, luego del cual ella me adoctrinaba con maravillosas historias sobre las vidas sacrificadas y perfectas de santos ejemplares, como Santa lucía, a quién le sacaron los ojos por causa de su inmenso amor a Dios.

Luego, en las noches, entre mis sueños, o más bien, entre mis revelaciones divinas, me veia atado y maltratado por mi inmenso amor al señor. Entre mis mejores sueños estaban aquellos en los que yo era lanzado a los leones por el emperador Nerón, o esos en que era apedreado por predicar la venida del cristo; pero estaban también los otros sueños, unos que hasta me daban miedo: eran aquellos en los que yo me veía crucificado, a punto de morir para redimir al mundo. (más…)

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