Caminaba. Sí caminaba. Yo caminaba por el camino. El calor agobiante me arañaba la espalda. había sudado todos los líquidos que podía sudar. al igual que el camino, sudaba arena gris. La boca me sabía a tierra y yo, pobre hijo del señor, no tenía para echarme al bocado sino una algarroba maloliente y tibia.
“¡Algarroba, qué desgracia de fruta eres; Vergüenza de la naturaleza, manifestación del rencor divino!
¡Madre, no se te ocurrió empacarme la sandía que había sobre la mesa…!
¡Ah, no, vieja puta; tú tenías que empacarme la algarroba!
La siento palpitar entre mi mano como el corazón de un niño. ¡Maldita sea tu semilla; excremento seco de caballo!
La vieja no podía empacarme las naranjas; a, no, ella tenía que empacarme la algarroba. Imagino que lo hizo para que durante el viaje yo la recordara, sintiendo a través de la algarroba el bao nauseabundo de sus patas.
Si en vez de un manzano, hubiera sido un algarrobo el árbol del bien y el mal, otra sería la historia del mundo.
Estaría yo ahora en el Eufrates inundado hasta el gañote, jugando con los dinosaurios.
¡Pero ella tenía que empacarme la algarroba!
Este camino sería viña, mi casa sería un castillo, y Adolff Hittler hubiera sido un monje tibetano.
¡Pero la maldita vieja tenía que empacarme la algarroba!
¡Qué ridiculez de fruta! La erradicaré en cuanto sea papa”
Y la tiré sobre la tierra seca, seguí mi camino y la dejé para que se muriera ante la inclemencia del sol.
Hoy, después de tantos años, me hallo deshaciendo el viaje. Aquí en el mismo camino pedregoso y seco. Bajo la sombra de éste enorme Algarrobo, y envuelto en su olor hostigante y dulce, miro las vainas duras sobre el suelo, rellenas de esa polvorienta cosa horrible y me digo suspirando:
“La puta vieja tenía que empacarme la algarroba”