Sacudida por el viento
viene tu imagen sonriente,
toda dientes,
un cuerpo hecho de dientes blancos que sonríen.
Y en cada diente tienes una boca,
y en cada boca más dientes.
Busco tus ojos negros entre la blancura,
y cuando los encuentro
ya no veo más que ojos.
Ojos chinos.
Ojos para caer por ellos,
ojos en los que cabe el mundo,
si existe un abismo primordial
del que salieron todas las cosas,
ese abismo es el negro de tus ojos;
una ventanita circular
de la habitación de Dios.
Me atemorizan tus ojos negros y cansados.
Entonces busco tu corazón,
pero no lo encuentro.
Busco tu sexo, pero me averguezo y desisto.
Entonces recuerdo que eres una imagen y que estas tan lejos…
Entonces sonrío -pero no soy todo dientes-
lloro -sin volverme todo ojos-
soy más bien todo yo,
o más bien, soy lo que queda de mí después de tu partida.
Un despojo, un cadaver,
las sobras que deja el tigre.
Unas cuantas costillas astilladas
y un cráneo tarjado y pesaroso.
Un muerto pero vivo.
No tuviste el lujo de matarme.
No tuviste el lujo de ahorcarme en esas noches de desenfreno,
ni de arañarme la espalda hasta arrancarme el corazón.
No pudiste devorarme con tus cincuenta mil dientes,
ni de atravesarme con el llanto de tus ojos.
Tú… solo ojos…
tu… solo dientes…
tu… entrañas frías, entrepiernas calientes…
tu….
tu imagen…
traída…
por el viento..
