No más Ortodoncia, mamá.
Estos no son los dientes torcidos de un muchacho.
¿Que no vez que son colmillos de fiera para matar?
Mírame, madre…
mírame…
¡No me mires que me da vergüenza!
Mirame sin mirarme, como lo hace papá.
No son los ojos verdes del abuelo,
los que brillan y bailan dentro de mis cuencas;
son amarillos,
como los del gato de la vecina.
No heredé esta piel velluda del tío Jacinto, mamá…
¿Que no lo vez?
¡Mírame!
Mírame sin mirarme, como cuando
yo te contaba acerca de mis pesadillas,
y tu oías sin oírme.
¿Por qué suspiras?
¿Indignación?
Que querías que te dijera…
¡Felicidades mamá; has parido un monstruo!
…El hijo que cargaste nueve meses,
que pariste con dolor,
y que amamantaste con leche sanguinolenta
de tus pezones heridos,
es una fiera salvaje…
Qué iba a decirle a mi padre…
-Guarda esa escopeta y deja de cazar,
por que yo estaré en el bosque con las fieras,
y quizá un disparo tuyo me quite la vida…
He matado, madre, y me ha gustado la carne tibia
y palpitante de los gorriones.
He sacado pajarillos indefensos de sus jaulas,
y les he arrancado la cabeza de un mordisco.
He bebido sangre, madre… y me ha gustado.
¡No me mires, que me da vergüenza!
No digas nada.
Háblame sin hablarme,
como el día en que mordí a mi primo.
Me miraste severa y no dijiste nada.
Escóndeme madre de los cazadores…
sé mi refugio…
cántame antes de dormir, y acaríciame el lomo.
¡No busques más al perro, madre!
Los pajarillos tienen un sabor extraño;
simplón en la boca,
dulce al tragarlo.
Dile a la familia que he muerto,
que he caído desde el piso quince de un edificio cualquiera,
y que mi cadáver fué devorado por los transeúntes.
Los perros tienen un sabor amargo…
los seres humanos…
¡No me mires!
Mírame sin mirarme!
¡No me mires que me da vergüenza!
Cántame para que me calme…
cántame madre.
