Si no existiera el silencio,
el ruido sería silencio.
Si no existiera la ausencia,
la compañía sería entonces
la más amarga de las soledades.
Si no existieran los gatos
los hombres sacaríamos las uñas
y saltaríamos de rama en rama
con las pupilas dilatadas.
Si no existiera mi padre,
yo no tendría complejo de edipo.
Si no hubiera existido edipo,
Layo no hubiera pasado a la historia
y Yocasta no hubiera adornado
su cuello con una quemadura
tallada sobre su piel
por filamentos de seda fina.
Si no existieran los poemas,
yo no estaría pensando
un final para éste poema.
Si no existieran los finales,
todo sería eterno, omnímodo y profundo
como el misterio oculto en la entrepierna
de la chica del segundo piso.
Sin embargo, pierdo el tiempo
contemplando posibilidades,
pues el mundo es
de la única forma que podría ser.
Las cosas son como son,
aunque no sean agradables,
y éste poema es así…
aunque no tenga un final contundente.
